jueves, 25 de noviembre de 2010

Capítulo 24: La Profecía de Ventormenta

La draenei suspiró mientras se asomaba a la ventana. No hacía mucho que había amanecido pero el cielo no parecía atreverse a clarear. Los rayos de sol se quedaban atrapados tras unas nubes oscuras, que recordaban más a una densa humareda que a los pesados cumulonimbos. El espíritu melancólico estaba muy sumido en sus agridulces pensamientos cuando se sobresaltó al escuchar un alarido y un enorme estruendo. El elfo se había dado la vuelta en su cama y se había caído inconscientemente. Dryaddin entró en la habitación y contempló al druida medio transformado en pantera que se hallaba desplomado en el suelo quejándose de su espalda. ¡Sus reflejos felinos no resultaban ser muy avispados!
- ¡Dryaddin!- exclamó al ver su figura difusa- ¿ya te has despertado? Yo hoy me he levantado con mal pie.- murmuró mientras se levantaba aún dolorido. Se fijó en los ojos de la paladín y entendió que algo no iba bien. Él también se asomó a la ventana y comprendió su tristeza. Zarokki aún no había llegado y algo terrible parecía que iba a suceder.
- No te preocupes, pronto volverá tu compañero de aventuras. Se nota que te gusta un poquito, eh?- animó Pingoshadow a la paladín sonrojada.- Hoy iremos a la capital que debo ir al instructor de peletería a ver si puede enseñarme a hacer un abrigo de piel de zorro. De paso podemos preguntar si tu "transparencia" tiene solución, porque últimamente te veo muy pálida ¡Ja, ja!.
La draenei se rió entendiendo que debía hacerle caso al elfo. Después de desayunar los estupendos bollos de leche con mermelada de frambuesas y un zumo de naranja que preparaba el druida, salieron a respirar el aire puro y verde del bosque. Pronto encontraron la senda y tomaron el camino que cruzaba el Bosque de Elwynn y les conducía a la ciudad de Ventormenta.

                                                                *    *    *    *    *

Zarokki, el paladín healer, también percibió el peligro cuando aterrizó en tierras humanas. Una fuerte sacudida le hizo estremecerse al bajarse del grifo y entendió que no debía haberse embarcado en un viaje del que no conocía realmente el destino. Pero algo en la Ciudad de los Canales le hizo entender la situación. Al llegar a la Plaza contempló asombrado a unos predicador que explicaba excéntrico la llegada del Cataclismo.

- ¡Os lo juro! He visto con mis propios ojos el dragón que devastará Azeroth. Era enorme, con una impenetrable armadura y cuando extendió sus alas la oscuridad engulló la luz del sol. Su llamarada ya ha destruido Kalimdor y su próximo destino es acabar con la raza humana contra la que siente más que odio. ¡Quiere vengarse por todo el sufrimiento que le habéis hecho pasar!- el viejo profeta gritaba con su voz estridente mientras se apoyaba sobre un desgastado bastón. El pobre era tuerto y su larga cabellera blanca se encrespaba pareciendo que le salieran rayos de la cabeza.
Zarokki no se pensó dos veces y se escabulló entre el gentío que exclamaba con cada nueva exageración que lanzaba el viejo vagabundo. "¡Se acerca el Cataclismo! ¡Es el Apocalipsis! ¡El Ragnarok! ¡El Día del Juicio Final será muy pronto!" seguía oyendo mientras trotaba con su caballo hacia las Puertas de Ventormenta. Al llegar a la entrada, contempló que era inútil intentar salir de allí. La gente de los alrededores entraba apresurada en la ciudad pensando que allí encontrarían el cobijo y la seguridad contra Alamuerte, el dragón carmesí.

Pingoshadow pronto entendió el porqué del bullicio en la Capital Humana. Algo había oído a los granjeros que vivían cerca de su choza. Agarró a Dryaddin de la mano (algo que no sirvió de mucho pues aún era un fantasma) y le indicó que corriera para entrar en la ciudad. La paladín dio un salto y su espíritu se elevó contemplando a la multitud escandalizada. Se fijó en que el elfo se había transmutado en oso para entrar a empellones en las calles. La gente se apartó y dejó que pasara asustada. La draenei siguió contemplando las caras de los allí presentes para ver si reconocía a alguien. Sí, allí estaba. El paladín estaba apoyado contra la enorme estatua de un héroe de piedra. Pingoshadow se alzó sobre sus patas traseras y miró fijamente a la iluminada Dryaddin.
- ¡Sube que te llevo! Condúceme a donde le has visto- exclamó entusiasmado el druida. Al montar al oso, este se encabritó y de dos zarpazos se abrió paso entre la multitud para llegar junto al healer. Dryaddin dio un salto y cayó entre los brazos del paladín al tiempo que este lanzaba el encantamiento que la resucitó mientras daban vueltas entusiasmados.
- No es por aguaros la fiesta...- interrumpió Pingo- pero creo que lo mejor es que busquemos una posada, ya que no podremos volver de momento.
Aquello era cierto, los guardias habían cerrado las Puertas de Ventormenta y el Consejo de Hechicería se había congregado en la gran Plaza. Allí estaba Frezy con Amenthor, planeando como levantar una pompa gigante que protegiera con magia la ciudad.
Zarokki contemplaba la escena impotente. En otro momento podría haber estado allí con ellos decidiendo como salvar su tierra. Pronto cerró los ojos e intentó borrar aquellos pensamientos.
- Conozco una posada, "el Cordero Degollado", podemos ir allí a alojarnos- explicó el healer- pero antes me gustaría ver el Barrio de los Magos, donde antes vivía. Por si de verdad Alamuerte destroza estas tierras.
- No hay problema, tampoco tenemos nada mejor que hacer hasta que anochezca- respondió Pingo- ¿Qué opinas tú, Dryaddin?
- Sí, vayamos a visitarlo. Seguro que le traen muchos recuerdos a Zarokki. Yo tengo curiosidad.

Y el ex-brujo sonrió.