martes, 12 de octubre de 2010

Capítulo 23: El Lechucico que tendió su mano.

Aquel cementerio no le era familiar. Dryaddin vagó entre las tumbas en busca del Ángel de la Resurrección. Su cuerpo inerte había desaparecido del mapa y le hubiera sido imposible resucitarse pues no poseía dicha habilidad. Lo que más le desconcertaba era que el Ángel no estuviera allí, reinando en la absoluta quietud, en el silencio sepulcral, iluminando la densa calígine que tapizaba la tierra y danzaba entre las lápidas. Corría de aquí para allá y cada vez que veía una cripta se asomaba esperanzada de que tras una esquina lo encontraría. Pero tras la esquina solo había un rata que se escabullía entre las grietas de la pared. Viendo que en el camposanto no encontraría su salvación decidió salir en busca de su cadáver y a Zarokki que podría devolverle a la vida.

Y de esta forma, Dryaddin, una draenei que inició su aprendizaje de forma entusiasmada y curiosa, entendió que hasta ahora no había podido conseguir sus metas propuestas. Había conseguido el nivel 66 en su título de paladín, pero no estaba satisfecha, pues su compañero Zarokki consiguió lo mismo en una sola noche. Se sentía tonta e inútil. Miraba el oscuro cielo por el que, muy a lo lejos, se había alzado la Luna y a la tenue luz se podía ver que unas lágrimas recorrían sus mejillas lentamente. Cerró los ojos y lanzó un grito desgarrador lleno de rabia a la inmensidad de la noche. Y nadie le escuchó. Se alzó y comenzó a correr sin tener ningún rumbo fijo. Saltó por acantilados, subió montañas, descendió valles y sorteó los gruesos troncos de los árboles de los bosques. Finalmente, su espíritu se sentó en las nudosas raíces de un enorme roble.


* * * * * *

Zarokki había conseguido resucitarse antes de que el Ángel de la Resurrección desapareciera pues, al ser healer, podía realizar semejantes proezas. Sin embargo, se sentía mareado y no supo a ciencia cierta donde se encontraba ni que había ocurrido. Al ver su alrededor y comprender que se hallaba en la entrada de la mazmorra, quiso buscar a Dryaddin y ver como se encontraba. Pero allí no había nadie, pues se ve que la draenei había liberado su espíritu. ¿Dónde podía estar? ¿Qué podía haber sucedido? Se alzó tambaleándose y sus dedos masajearon su dolorida sien. Debía de buscar a la paladín y acabar con toda aquella farsa. Sin pensarlo dos veces, se subió a su grifo níveo y sobrevoló la zona en busca del cementerio de la Alianza más cercano.

* * * * * *

Pingoshadow era un elfo de la noche que estaba aburrido de luchar. Ya era un druida consumado y se dedicaba a vagar buscando cadáveres que desollar, pues era peletero. Mientras recogía las pieles de un ciervo moteado, sus sentidos de lechucico le avisaron de la presencia de un espectro que se hallaba muy cerca de él.Se le pusieron las plumas de punta y dio un brinco al ver a una paladín con hacha en mano. La draenei no había recaído en el druida, pues le había confundido con otra criatura del bosque y se sorprendió cuando éste se acercaba cautelosamente hacia ella. El lechucico se desplazaba dando gráciles saltitos de un lado a otro que desentonaban con su enorme tamaño.
- Oh! Buenos días, espíritu de paladín. ¿Qué te ha ocurrido? Mucho tiempo parece que lleves vagando como fantasma.- saludó Pingoshadow con su voz cantarina.
- No sé donde estoy... Sólo quiero encontrar a Zarokki...- susurró Dryaddin y su voz sonó muy lejana.
Al druida le recorrió un escalofrío por la espalda, la voz parecía fría y tajante.
- Bueno, pero a mi me da que ese tal Zarokki por aquí no está. Zarokki... me suena ese nombre... ¿No será ése un brujo humano?- inquirió Pingo pensativo.
- No sé donde estoy... Sólo quiero encontrar a Zarokki...- repitió la paladín y su imagen se volvió más borrosa y difusa.
- Uy! Aquí empieza a refrescar, dejaré para más tarde la recolección de los pellejos de estos bichos. Vente a mi choza y mañana ya buscaremos a ese maldito brujo que te ha dejado tirada.- murmuró entre dientes el lechucico.Y Dryaddin, algo dubitativa y sin entender mucho lo que le pasaba, siguió al elfo de la noche transmutado.

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Zarokki visitó todos los cementerios circundantes y se asombró al descubrir que en ninguno aparecía Dryaddin y que tampoco estaban los Ángeles que los custodiaban. Era algo preocupante, pero pensó que primero debía encontrar a la draenei y más tarde ya descifrarían el misterio. Como no sabía donde dirigirse, se puso a pensar sentado en una roca. La verdad que desde que había conocido a Dryaddin su vida había cambiado por completo. La paladín era su vida. Todos sus malos recuerdos habían quedado atrás. Pero también sus amistades, pues toda la Comunidad Mágica ahora le veía como un desertor. Y ahora, cuando estaba solo, era cuando más los necesitaba. Ya no podría acudir a su compañero de la infancia, aquel mago llamado Frezy, que ostentaba un alto cargo entre los Magos. No es que ya no confiara en él, lo que ocurría era que el mago se mostraría receloso a ayudarle. Él tenía sus planes y no podía perder el tiempo con un desterrado como él. Y además, su reputación bajaría estrepitosamente si los vieran juntos. No. Frezy fue un gran amigo, pero sus vidas tomaron rumbos distintos demasiado pronto. Nunca llegaron a entrar juntos a una mazmorra. Por lo tanto, el healer borró de su mente la idea de pedir ayuda al excelentísimo mago. Recordó su vida en Ventormenta, donde correteaba de niño por las calles del Barrio de los Magos. Los Brujos siempre habían sido los segundones entre la Comunidad Mágica y los Magos eran venerados en todas partes. Después los exóticos druidas que venían de Kalimdor. La gente se asombraba al ver como cambiaban de forma y su cuerpo se fusionaba con los de un animal o un árbol. Eran como los bufones de la Corte. Y el oficio de chamán se veía extraño entre la Hermandad de la Alianza, pues siempre había pertenecido a los seguidores de la Horda. Realmente, se prefería a un brujo antes que a un chamán con sus tótems pero los magos siempre le llevaban a todos ventaja. Zarokki cerró los ojos. Desde que era paladín nadie le había hecho caso. Bueno, casi nadie. Había un druida que le seguía acogiendo cuando hacía misiones por Auberdine. Un elfo de la Noche que acostumbraba a ir transformado en lechucico lunar. Pero no recordaba su nombre... sonaba a Pingoalgo... Bueno, al menos ya tenía a alguien a quién preguntarle si le podía ayudar.

Zarokki sonrió y raudo, montó a su grifo níveo y se dirigió a Azeroth.

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