miércoles, 29 de septiembre de 2010

Capítulo 20: Una derrota

Magos, brujos y chamanes lanzaron sus encantamientos al cielo que fue surcado por haces de luces que impactaron contra diversos combatientes, tanto de la Alianza como de la Horda. La batalla había comenzado. Dryaddin saltó con su hacha entre las manos y fue sentenciando a todos los enemigos que se cruzaban en su camino. Los golpes cruzados, exorcismos y tormentas divinas hacían que poco a poco fueran desplomándose abatidos.  Sin embargo, notaba que ese ritmo no lo podría soportar durante mucho tiempo pues su escudo divino se desvanecería muy pronto. Como si de un destello se tratara, vio por el rabillo del ojo que Murkhen, el malvado elfo de la sangre que desterró a Zarokki, se acercaba a ella con una bola de energía mágica entre las manos, dispuesta a transformarse en el hechizo que el mago eligiera...

De pronto, se dio cuenta que no podía atacar, que daba saltos pero, al verse las manos vio que… ¡se había convertido en oveja y corría despavoridamente! Se giró y vio que el que le había hechizado fue el desagradable de Murkhen. No podía hacer nada, solo contemplar como sus compañeros iban cayendo. Cuando los efectos del encantamiento cesaron, pudo ver que tanto los Hordas como los Alianzas habían sido diezmados. Ella era la única de su bando que se mantenía em pie. El grupo de enemigos, encabezados por el elfo de la sangre, se acercó al poste y rasgaron la bandera azul y dorada y en su lugar colgaron la suya carmín y azabache. En aquel momento, solo quedaban en la zona de las minas tres hordas que se habían sentado alrededor del poste y habían empezado a beber para celebrar la conquista. Sigilosamente, la paladín se acercó a los cadáveres de sus compañeros para ver si podía resucitar alguno que le ayudara a despachar a aquellos gamberros. Fue mirando las caras de sus combatientes; un brujo (demasiado delicado, no aguantará), un guerrero (demasiada fuerza bruta, podría perder el control), un paladín... Un paladín humano allí yacía. Su pelo ligeramente encanecido le daba aspecto maduro y su barba recortada le hacía tener un enigmático atractivo. Su armadura no parecía ser tan robusta y protectora como la suya, sus ropajes eran de cuero... Además su arma era de las de castear hechizos, solo podía ser un healer por su apariencia. Paladín, humano y healer. Paladín, humano y healer. Dichas palabras resonaban en su cabeza, aún inconexas por los nervios de la batalla. Al fin comprendió de quién se trataba:

"¡ZAROKKI!"