domingo, 4 de septiembre de 2011

Capítulo 26: Y La Magia volvió

Dryaddin saltó por el portal y se asustó al contemplar que la Plaza Principal de Forjaz se hallaba sitiada por montones de íncubos y demás criaturas malévolas. Entraron en uno de los talleres de la calle y Frezy y Zarokki les contaron el plan.

- Mirad, la situación en todo Azeroth es de máxima emergencia, pero tanto la Alianza como la Horda lo habían previsto. Los mejores guerreros y magos se encuentran defendiendo nuestros territorios y lo mejor ahora es huir de aquí.

Amenthor se giró hacia Dryaddin, Zarokki y Pingoshadow.

- En ningún momento hemos dudado de vuestras aptitudes, pero lo más sensato ahora es huir. Os abriremos un nuevo portal a Nagrand. Allí podréis seguir una vida tranquila y podréis proseguir vuestro entrenamiento para ser los mejores paladines o druidas.

El healer se alzó y replicó al Mago Supremo:

- He estado hablando de ello con Frezy y debo pedirle un favor, su Excelencia...

- ¿De que se trata Zarokki?- preguntó intrigado Amenthor.

- Me gustaría ser mago, ha sido siempre la aspiración de mi vida... Pero por muchas circunstancias, no he podido conseguirlo.- confesó el healer sonrojado.

- Zarokki tiene aptitudes, lo sé. Confíe en él. El grado de nivel 66 de paladín lo consiguió en tan sólo una noche. Si se convierte en mago, sé que le pondrá muchísima dedicación.- Frezy respaldó a su viejo amigo.

- Si es cierto lo que dices... No nos vendrían mal nuevos magos que luchen con nosotros. - asintió el Mago Supremo.- Sé que en un par de días controlaremos esta plaga demoniaca. Pero habrá que reparar la Devastación de Alamuerte y darle muerte antes o después. Zarokki, si esa es tu ilusión... Esta misma noche acércate al instructor de magos de Nagrand y, desde allí podrás empezar tus entrenamientos.

Muy agradecido, el healer dio brincos de alegría y abrazó a Dryaddin en su euforia. La paladín sonrió por dentro. Zarokki conseguiría lo que siempre había querido.

Al adentrarse en el Portal, los tres, Pingoshadow, Dryaddin y Zarokki montaron sus grifos y volaron a las vastas tierras de Nagrand. Se maravillaron planeando de nuevo por los cielos cósmicos y pronto descansaron en una hospitalaria posada de un campamento de draeneis.

          * * * * * *

- Dryaddin...- llamó Zarokki, tras acabar su último encantamiento del día.

- Zarokki?- contestó la paladín, que ya ostentaba el nivel máximo y constituía una de las mejores tanques de su raza.

- Gracias por estar siempre a mi lado y apoyarme... - sonrió el por fin ya mago.

- No me las des. -contestó la draenei- Sabes que todo esto lo has conseguido porque eres muy capaz. Y aunque aunque tomamos caminos distintos y ahora todo es muy diferente a cuando nos conocimos, más que nunca sabes que siempre podrás confiar en mi.

Ambos se sintieron afortunados de que, a pesar de tantas adversidades, su amistad nunca se apagara.

Un estruendo y un alarido les sacó de sus cabilaciones. Pingoshadow, ahora en forma de elfo de la noche, se había vuelto a caer de su montura.

- Estos bichos nunca me han gustado...- se quejó y se transformó en pantera.- No sé porque os empeñasteis en que aprendiera montar. ¡Si yo mismo me puedo convertir en pantera y correr más que vosotros!

Dryaddin y Zarokki rieron y corrieron a juntarse con el pobre Pingoshadow.

- ¿Os han dicho ya que en Ventormenta están reclutando para ir a acabar con Alamuerte?- dijo el elfo dolorido. - ¿Pensais ir?

Dryaddin y Zarokki contestaron a la vez: "¡Por supuesto!"

FIN

martes, 7 de junio de 2011

Capítulo 25: La Torre del Mago

Después de tanto tiempo, Dryaddin volvía a cabalgar su oso acorazado de colmillos amenazantes. Le seguía de cerca el wolpertinguer que consiguió en la fiesta de la cerveza que se celebró a principios del otoño. El conejillo astado daba gráciles saltos mientras agitaba emocionado sus alas de paloma. La draenei se giró para ver como sus amigos le acompañaban entre el bullicio de las calles de Ventormenta. Zarokki tenía expresión sombría pero al ver que Dryaddin le miraba sonrió debilmente, intentando esconder su preocupación. El elfo de la noche se había transmutado en lechucico y daba brincos a su lado, observando maravillado los canales y la diversidad de ciudadanos que los transitaban.
El cielo, había adoptado un extraño color rojizo y los temblores de la tierra se estaban volviendo más constantes. Después de todo, la profecía parecía que pronto se iba a cumplir. Entraron en el Barrio de los Magos y la paladín se asombró con las casas que estaban construidas en la zona. Todas tenían los tejados morados y la magia realmente se respiraba en el ambiente. Notó que Zarokki suspiraba recordando sus andadas cuando era un pequeño niño que soñaba con empuñar un báculo.

De pronto, unos pregoneros pasaron corriendo. "¡¡Alamuerte se acerca!! ¡¡Corred, poneros a salvo!!". Los mensajeros huyeron hacia las puertas de la ciudad. También vieron como Amenthor y Frezy corrían hacia la Torre del Mago. Dryaddin consiguió escuchar algo de su conversación:

- Es imposible... ¿Está reuniendo tambien íncubos y demonios para acabar con Ventormenta? ¡Qué locura! - Amenthor estaba fuera de sus casillas, no se esperaba que el ataque del dragón estuviera organizado.

- Pues sí, y por lo que he oído, su próxima meta es Forjaz. Hemos enviado a algunos de nuestros mejores hombres allí para que ayuden a los enanos.- Frezy le contaba los planes en el momento en el que vieron unas luces en la Cumbre de la Torre del Mago.

Definitivamente tenía razón. Se había abierto un portal y estaban saliendo todo tipo de criaturas diabólicas, todas siervas del dragón carmesí.

- ¡Eh, vosotros! Ayudadnos, el honor de la Alianza y Ventormenta está en juego.- gritaron los magos al ver al grupo de paladines pasmados mirándolos.

Pronto llegaron a la base de la Torre y se dispusieron a defenderla. No era la primera vez que Dryaddin se enfrentaba a seres oscuros, como ya sabéis, así que luchó con más decisión y rabia que nunca contra aquellos monstruos. Entre todos, pudieron diezmar la plaga y entraron en la Torre para ver los destrozos ocasionados. Frezy notó que el paladín healer le recordaba a alguien. Su cara le era conocida... pero no consiguió entender quién era.

Pingo estaba cansado y tenía hambre. Quería llegar cuanto antes a la posada para echar un trago y comer alguna cena sabrosa. No soportaba más permanecer allí esperando a que dos magos "de pacotilla" inspeccionaran la Torre.
- Vámonos Dryaddin, nuestro papel aquí ha acabado.- se giró y ayudó a la draenei a levantarse.
- ¿Vienes, Zarokki?- preguntó la paladín.
- Sí, ahora os alcanzo. Debo hablar antes con Frezy. Nos vemos en la posada.- el healer se acercó al mago mientras los otros dos se alejaban hacia el "Cordero Degollado".
                     
                                                   *       *        *        *

Frezy enseguida recordó quién era Zarokki. Se sorprendió mucho que se hubiera convertido en healer para ayudar a la draenei. El ex-brujo, tenía una duda que siempre le hubiera gustado resolver. ¿Algún día podría llegar a ser alguien importante dentro del mundo de la magia como lo había sido él? Zarokki se había divertido mucho como paladín... pero no era su verdadera aspiración. Estuvo hablando tendidamente sobre el tema con el gran mago, que se sorprendió con la ilusión del healer por llegar alto. Ambos permanecieron sentados charlando sobre las vivencias de cada uno cuando Zarokki se dio cuenta de que Dryaddin le esperaba en la posada. Se alzó precipitado y salió a la calle.

- ¡¡Zarokki!!- gritó bien alto mediante un encantamiento Frezy- nos vemos. ¡No tardéis si quieres conseguirlo!

El healer alzó los pulgares en señal de aceptación. El mago les abriría un portal hacia Forjaz. Sabía que entonces, su vida daría un vuelco radical.

                                                                 *       *        *        *

Al entrar en la posada, Zarokki se quedó pasmado al ver una mesa llena de platos con huesos de diferentes animales que habían sido roídos a conciencia. Dryaddin y Pingo estaban tendidos sobre la barra, con los vientre bien llenos y roncando como dos cerdos. Despertó desesperado a ambos y les pidió por favor que le siguieran. Se subieron a sus monturas (Dryaddin casi no se sostenía en pie) y se dirigieron de nuevo al Barrio de los Magos.
El Portal estaba abierto y saltaron justo cuando más tropas de magos se dirigían hacia la Catedral a destruir nuevos íncubos.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Capítulo 24: La Profecía de Ventormenta

La draenei suspiró mientras se asomaba a la ventana. No hacía mucho que había amanecido pero el cielo no parecía atreverse a clarear. Los rayos de sol se quedaban atrapados tras unas nubes oscuras, que recordaban más a una densa humareda que a los pesados cumulonimbos. El espíritu melancólico estaba muy sumido en sus agridulces pensamientos cuando se sobresaltó al escuchar un alarido y un enorme estruendo. El elfo se había dado la vuelta en su cama y se había caído inconscientemente. Dryaddin entró en la habitación y contempló al druida medio transformado en pantera que se hallaba desplomado en el suelo quejándose de su espalda. ¡Sus reflejos felinos no resultaban ser muy avispados!
- ¡Dryaddin!- exclamó al ver su figura difusa- ¿ya te has despertado? Yo hoy me he levantado con mal pie.- murmuró mientras se levantaba aún dolorido. Se fijó en los ojos de la paladín y entendió que algo no iba bien. Él también se asomó a la ventana y comprendió su tristeza. Zarokki aún no había llegado y algo terrible parecía que iba a suceder.
- No te preocupes, pronto volverá tu compañero de aventuras. Se nota que te gusta un poquito, eh?- animó Pingoshadow a la paladín sonrojada.- Hoy iremos a la capital que debo ir al instructor de peletería a ver si puede enseñarme a hacer un abrigo de piel de zorro. De paso podemos preguntar si tu "transparencia" tiene solución, porque últimamente te veo muy pálida ¡Ja, ja!.
La draenei se rió entendiendo que debía hacerle caso al elfo. Después de desayunar los estupendos bollos de leche con mermelada de frambuesas y un zumo de naranja que preparaba el druida, salieron a respirar el aire puro y verde del bosque. Pronto encontraron la senda y tomaron el camino que cruzaba el Bosque de Elwynn y les conducía a la ciudad de Ventormenta.

                                                                *    *    *    *    *

Zarokki, el paladín healer, también percibió el peligro cuando aterrizó en tierras humanas. Una fuerte sacudida le hizo estremecerse al bajarse del grifo y entendió que no debía haberse embarcado en un viaje del que no conocía realmente el destino. Pero algo en la Ciudad de los Canales le hizo entender la situación. Al llegar a la Plaza contempló asombrado a unos predicador que explicaba excéntrico la llegada del Cataclismo.

- ¡Os lo juro! He visto con mis propios ojos el dragón que devastará Azeroth. Era enorme, con una impenetrable armadura y cuando extendió sus alas la oscuridad engulló la luz del sol. Su llamarada ya ha destruido Kalimdor y su próximo destino es acabar con la raza humana contra la que siente más que odio. ¡Quiere vengarse por todo el sufrimiento que le habéis hecho pasar!- el viejo profeta gritaba con su voz estridente mientras se apoyaba sobre un desgastado bastón. El pobre era tuerto y su larga cabellera blanca se encrespaba pareciendo que le salieran rayos de la cabeza.
Zarokki no se pensó dos veces y se escabulló entre el gentío que exclamaba con cada nueva exageración que lanzaba el viejo vagabundo. "¡Se acerca el Cataclismo! ¡Es el Apocalipsis! ¡El Ragnarok! ¡El Día del Juicio Final será muy pronto!" seguía oyendo mientras trotaba con su caballo hacia las Puertas de Ventormenta. Al llegar a la entrada, contempló que era inútil intentar salir de allí. La gente de los alrededores entraba apresurada en la ciudad pensando que allí encontrarían el cobijo y la seguridad contra Alamuerte, el dragón carmesí.

Pingoshadow pronto entendió el porqué del bullicio en la Capital Humana. Algo había oído a los granjeros que vivían cerca de su choza. Agarró a Dryaddin de la mano (algo que no sirvió de mucho pues aún era un fantasma) y le indicó que corriera para entrar en la ciudad. La paladín dio un salto y su espíritu se elevó contemplando a la multitud escandalizada. Se fijó en que el elfo se había transmutado en oso para entrar a empellones en las calles. La gente se apartó y dejó que pasara asustada. La draenei siguió contemplando las caras de los allí presentes para ver si reconocía a alguien. Sí, allí estaba. El paladín estaba apoyado contra la enorme estatua de un héroe de piedra. Pingoshadow se alzó sobre sus patas traseras y miró fijamente a la iluminada Dryaddin.
- ¡Sube que te llevo! Condúceme a donde le has visto- exclamó entusiasmado el druida. Al montar al oso, este se encabritó y de dos zarpazos se abrió paso entre la multitud para llegar junto al healer. Dryaddin dio un salto y cayó entre los brazos del paladín al tiempo que este lanzaba el encantamiento que la resucitó mientras daban vueltas entusiasmados.
- No es por aguaros la fiesta...- interrumpió Pingo- pero creo que lo mejor es que busquemos una posada, ya que no podremos volver de momento.
Aquello era cierto, los guardias habían cerrado las Puertas de Ventormenta y el Consejo de Hechicería se había congregado en la gran Plaza. Allí estaba Frezy con Amenthor, planeando como levantar una pompa gigante que protegiera con magia la ciudad.
Zarokki contemplaba la escena impotente. En otro momento podría haber estado allí con ellos decidiendo como salvar su tierra. Pronto cerró los ojos e intentó borrar aquellos pensamientos.
- Conozco una posada, "el Cordero Degollado", podemos ir allí a alojarnos- explicó el healer- pero antes me gustaría ver el Barrio de los Magos, donde antes vivía. Por si de verdad Alamuerte destroza estas tierras.
- No hay problema, tampoco tenemos nada mejor que hacer hasta que anochezca- respondió Pingo- ¿Qué opinas tú, Dryaddin?
- Sí, vayamos a visitarlo. Seguro que le traen muchos recuerdos a Zarokki. Yo tengo curiosidad.

Y el ex-brujo sonrió.

martes, 12 de octubre de 2010

Capítulo 23: El Lechucico que tendió su mano.

Aquel cementerio no le era familiar. Dryaddin vagó entre las tumbas en busca del Ángel de la Resurrección. Su cuerpo inerte había desaparecido del mapa y le hubiera sido imposible resucitarse pues no poseía dicha habilidad. Lo que más le desconcertaba era que el Ángel no estuviera allí, reinando en la absoluta quietud, en el silencio sepulcral, iluminando la densa calígine que tapizaba la tierra y danzaba entre las lápidas. Corría de aquí para allá y cada vez que veía una cripta se asomaba esperanzada de que tras una esquina lo encontraría. Pero tras la esquina solo había un rata que se escabullía entre las grietas de la pared. Viendo que en el camposanto no encontraría su salvación decidió salir en busca de su cadáver y a Zarokki que podría devolverle a la vida.

Y de esta forma, Dryaddin, una draenei que inició su aprendizaje de forma entusiasmada y curiosa, entendió que hasta ahora no había podido conseguir sus metas propuestas. Había conseguido el nivel 66 en su título de paladín, pero no estaba satisfecha, pues su compañero Zarokki consiguió lo mismo en una sola noche. Se sentía tonta e inútil. Miraba el oscuro cielo por el que, muy a lo lejos, se había alzado la Luna y a la tenue luz se podía ver que unas lágrimas recorrían sus mejillas lentamente. Cerró los ojos y lanzó un grito desgarrador lleno de rabia a la inmensidad de la noche. Y nadie le escuchó. Se alzó y comenzó a correr sin tener ningún rumbo fijo. Saltó por acantilados, subió montañas, descendió valles y sorteó los gruesos troncos de los árboles de los bosques. Finalmente, su espíritu se sentó en las nudosas raíces de un enorme roble.


* * * * * *

Zarokki había conseguido resucitarse antes de que el Ángel de la Resurrección desapareciera pues, al ser healer, podía realizar semejantes proezas. Sin embargo, se sentía mareado y no supo a ciencia cierta donde se encontraba ni que había ocurrido. Al ver su alrededor y comprender que se hallaba en la entrada de la mazmorra, quiso buscar a Dryaddin y ver como se encontraba. Pero allí no había nadie, pues se ve que la draenei había liberado su espíritu. ¿Dónde podía estar? ¿Qué podía haber sucedido? Se alzó tambaleándose y sus dedos masajearon su dolorida sien. Debía de buscar a la paladín y acabar con toda aquella farsa. Sin pensarlo dos veces, se subió a su grifo níveo y sobrevoló la zona en busca del cementerio de la Alianza más cercano.

* * * * * *

Pingoshadow era un elfo de la noche que estaba aburrido de luchar. Ya era un druida consumado y se dedicaba a vagar buscando cadáveres que desollar, pues era peletero. Mientras recogía las pieles de un ciervo moteado, sus sentidos de lechucico le avisaron de la presencia de un espectro que se hallaba muy cerca de él.Se le pusieron las plumas de punta y dio un brinco al ver a una paladín con hacha en mano. La draenei no había recaído en el druida, pues le había confundido con otra criatura del bosque y se sorprendió cuando éste se acercaba cautelosamente hacia ella. El lechucico se desplazaba dando gráciles saltitos de un lado a otro que desentonaban con su enorme tamaño.
- Oh! Buenos días, espíritu de paladín. ¿Qué te ha ocurrido? Mucho tiempo parece que lleves vagando como fantasma.- saludó Pingoshadow con su voz cantarina.
- No sé donde estoy... Sólo quiero encontrar a Zarokki...- susurró Dryaddin y su voz sonó muy lejana.
Al druida le recorrió un escalofrío por la espalda, la voz parecía fría y tajante.
- Bueno, pero a mi me da que ese tal Zarokki por aquí no está. Zarokki... me suena ese nombre... ¿No será ése un brujo humano?- inquirió Pingo pensativo.
- No sé donde estoy... Sólo quiero encontrar a Zarokki...- repitió la paladín y su imagen se volvió más borrosa y difusa.
- Uy! Aquí empieza a refrescar, dejaré para más tarde la recolección de los pellejos de estos bichos. Vente a mi choza y mañana ya buscaremos a ese maldito brujo que te ha dejado tirada.- murmuró entre dientes el lechucico.Y Dryaddin, algo dubitativa y sin entender mucho lo que le pasaba, siguió al elfo de la noche transmutado.

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Zarokki visitó todos los cementerios circundantes y se asombró al descubrir que en ninguno aparecía Dryaddin y que tampoco estaban los Ángeles que los custodiaban. Era algo preocupante, pero pensó que primero debía encontrar a la draenei y más tarde ya descifrarían el misterio. Como no sabía donde dirigirse, se puso a pensar sentado en una roca. La verdad que desde que había conocido a Dryaddin su vida había cambiado por completo. La paladín era su vida. Todos sus malos recuerdos habían quedado atrás. Pero también sus amistades, pues toda la Comunidad Mágica ahora le veía como un desertor. Y ahora, cuando estaba solo, era cuando más los necesitaba. Ya no podría acudir a su compañero de la infancia, aquel mago llamado Frezy, que ostentaba un alto cargo entre los Magos. No es que ya no confiara en él, lo que ocurría era que el mago se mostraría receloso a ayudarle. Él tenía sus planes y no podía perder el tiempo con un desterrado como él. Y además, su reputación bajaría estrepitosamente si los vieran juntos. No. Frezy fue un gran amigo, pero sus vidas tomaron rumbos distintos demasiado pronto. Nunca llegaron a entrar juntos a una mazmorra. Por lo tanto, el healer borró de su mente la idea de pedir ayuda al excelentísimo mago. Recordó su vida en Ventormenta, donde correteaba de niño por las calles del Barrio de los Magos. Los Brujos siempre habían sido los segundones entre la Comunidad Mágica y los Magos eran venerados en todas partes. Después los exóticos druidas que venían de Kalimdor. La gente se asombraba al ver como cambiaban de forma y su cuerpo se fusionaba con los de un animal o un árbol. Eran como los bufones de la Corte. Y el oficio de chamán se veía extraño entre la Hermandad de la Alianza, pues siempre había pertenecido a los seguidores de la Horda. Realmente, se prefería a un brujo antes que a un chamán con sus tótems pero los magos siempre le llevaban a todos ventaja. Zarokki cerró los ojos. Desde que era paladín nadie le había hecho caso. Bueno, casi nadie. Había un druida que le seguía acogiendo cuando hacía misiones por Auberdine. Un elfo de la Noche que acostumbraba a ir transformado en lechucico lunar. Pero no recordaba su nombre... sonaba a Pingoalgo... Bueno, al menos ya tenía a alguien a quién preguntarle si le podía ayudar.

Zarokki sonrió y raudo, montó a su grifo níveo y se dirigió a Azeroth.

sábado, 2 de octubre de 2010

Capítulo 22: El Ladino Escudo Divino

El alto y abovedado techo de la ciudad la resguardaba del atenazante frío hivernal de Dun Morogh. Gracias a este aislamiento, los habitantes de Forjaz no necesitaban ir arrebujados en sus capas mientras paseaban por la urbe. Dos paladines se dirigían a la Sala Mística cabalgando sobre sus poderosas monturas: un caballo y un oso acorazado.

- He tenido una idea- le decía el primero a su compañera- Podríamos solicitar la doble especialización de talentos y así poder ingresar más facilmente en las misiones del Consejo de Guerra de la Ciudad.
- Me parece bien. Pero no creo que sea fácil. Yo almenos me he entrenado hasta el momento sólo para hacer daño y destruir y no me veo capaz de proteger a un grupo o curarlos.- contestaba algo indecisa la paladín de raza draenei.
- Ya verás como sí. Yo te enseñaré. ¿A caso no conseguí llegar a este nivel en una sola noche?- sonreía el healer humano- Además, creo que si yo aprendo a hacer daño, podría ayudarte de mejor manera en las misiones.

El Instructor de la Luz les enseñó los conocimientos para aprender sus nuevos talentos. Ahora, la draenei iba a ser capaz de proteger el grupo y el humano podría emplear la represión. Entusiasmados, ambos paladines entraron en un grupo para ir a una mazmorra y aplicar los conocimientos recién aprendidos.

Dryaddin, que iba de tanque, respiró hondo mientras un montón de información cruzaba su mente. Creía que iba a liarse y que todos los integrantes iban a perecer por su culpa. Apartó esa horrible idea de su mente y avanzó hacia el primer enemigo. Dio un grito de guerra y el troll se abalanzó sobre ella. Lanzó consagraciones, ^^^^^^ para que todos los ataques le hicieran daño solo a ella y no al resto del equipo. Pero tanto pronto se dio cuenta de que su vida peligraba por momentos. ¿Dónde estaba Zarokki? ¿Quién si no le iba a curar? La desesperación la desbordaba y pronto empezó a ponerse nerviosa. Sus curas no estaban a la altura del daño que los enemigos le ocasionaban y para colmo, uno de ellos que era brujo le ocasionó tal miedo que le hizo huir. Instintivamente, casteó un escudo divino para deshacerse del encantamiento evasivo sin darse cuenta de que sería el error fatal que la conduciría a un desastroso final. Al cubrirse con ese hechizo protector tan potente, todos sus compañeros recibieron el daño que ella estaba soportando y sus armaduras, que no defendían de tan nocivas energías, se destruyeron acabando también con las vidas de sus portadores. Zarokki entró por fin en la mazmorra y se sorprendió al ver la escena. La tanque se desplomó ante sus ojos y su espíritu se alzó desvaneciéndose. No pudo reaccionar. Media docena de trolls lanzaron sus hechizos al healer y no pudo ni siquiera lanzarse una cura antes de fallecer. Pero lo que le aconteció a Dryaddin fue la peor de todas sus pesadillas...